Bajo la vasta inmensidad azul de nuestros océanos se está gestando una crisis silenciosa, invisible a simple vista pero devastadora para la vida marina: las zonas muertas. Estos espacios —científicamente conocidos como zonas hipóxicas— son regiones donde el oxígeno disuelto en el agua es tan bajo que la mayoría de los organismos marinos no pueden sobrevivir. Sin oxígeno, no hay vida. Y estas zonas están aumentando en número y tamaño a un ritmo alarmante.
Según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), en la actualidad se han registrado más de 500 zonas muertas en todo el mundo, con una superficie combinada de aproximadamente 245,000 km². Para ponerlo en perspectiva, eso equivale al tamaño del Reino Unido. La mayor parte de ellas se concentra en áreas costeras fuertemente industrializadas o agrícolas, como el Golfo de México, el Mar Báltico y la desembocadura del río Yangtsé en China.
El origen de este fenómeno es bien conocido por la comunidad científica: la eutrofización, un proceso en el que la acumulación excesiva de nutrientes —principalmente nitrógeno y fósforo— promueve el crecimiento explosivo de algas. Estas algas, al morir, son descompuestas por bacterias que consumen grandes cantidades de oxígeno, dejando el agua desprovista de este gas vital. Los principales responsables de esta sobrecarga de nutrientes son los fertilizantes agrícolas, los vertidos de aguas residuales sin tratar, la escorrentía urbana y las emisiones atmosféricas de óxidos de nitrógeno.
Un caso emblemático es el del Golfo de México, donde cada verano se forma una de las zonas muertas más grandes del planeta. En 2021, esta zona alcanzó una extensión de 16,400 km², según la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), afectando gravemente a la pesca comercial, especialmente a la industria del camarón. La situación también impacta a las comunidades costeras, tanto económica como socialmente, ya que la pesca es una de las principales fuentes de sustento en la región.
Pero el problema no se detiene ahí. El cambio climático ha comenzado a desempeñar un papel amplificador. Las temperaturas oceánicas más elevadas reducen la capacidad del agua para retener oxígeno, mientras que la estratificación (la separación de capas de agua por temperatura y densidad) impide que las aguas profundas y superficiales se mezclen. Esto significa que el oxígeno que se genera en la superficie por la fotosíntesis de organismos como el fitoplancton no llega a las profundidades, acentuando la hipoxia. Estudios publicados en Science han documentado una disminución del oxígeno oceánico global de aproximadamente 2% en los últimos 50 años, un fenómeno sin precedentes.
Desde mediados del siglo XX, el oxígeno disuelto en los océanos ha disminuido alrededor de un 2 %, y modelos climáticos proyectan una caída de hasta 7 % en un siglo, intensificando zonas muertas y alterando gravemente ecosistemas marinos
NOAA pronostica que la zona muerta del Golfo de México alcanzará en 2025 cerca de 5 827 millas² (~15 100 km²), lo que está por encima del promedio histórico (~5 205 millas²) y equivale a casi tres veces el tamaño de Delaware
«No heredamos la tierra de nuestros padres, la tomamos prestada de nuestros hijos.»
Proverbio nativo americano
Las consecuencias son devastadoras: pérdida masiva de biodiversidad, colapso de pesquerías, incremento de floraciones algales tóxicas, deterioro de hábitats críticos como los arrecifes de coral y los manglares, y alteraciones en la cadena alimentaria marina. Las zonas muertas no solo afectan a los peces, sino también a moluscos, crustáceos, microorganismos benéficos e incluso a aves y mamíferos que dependen del ecosistema marino.
Sin embargo, la historia no tiene por qué terminar en tragedia. Existen ejemplos reales de recuperación. El Mar Negro, que durante las décadas de 1970 y 1980 sufrió una de las peores eutrofizaciones del mundo debido a la agricultura intensiva de la antigua Unión Soviética, ha mostrado una notable recuperación en las últimas dos décadas gracias a la reducción en el uso de fertilizantes y mejoras en el tratamiento de aguas residuales. Del mismo modo, programas de restauración en la Bahía de Chesapeake (EE. UU.) han logrado reducir significativamente los niveles de nitrógeno, mejorando la calidad del agua y restaurando la población de ostras, un organismo clave que actúa como filtro natural.
Las soluciones están al alcance, pero requieren un compromiso coordinado y sostenido. Reducir el uso excesivo de fertilizantes, implementar tecnologías de tratamiento de aguas más eficientes, promover prácticas agrícolas regenerativas, restaurar ecosistemas costeros como humedales y marismas, e invertir en investigación e innovación son medidas clave. Además, es fundamental educar a la ciudadanía sobre su papel en esta crisis. Desde la elección de productos orgánicos hasta la correcta gestión de residuos, cada acción cuenta.
Este es un llamado urgente a la acción. No podemos permitir que nuestros mares se conviertan en desiertos submarinos. El futuro del océano, y por ende de la humanidad, depende de nuestra capacidad de protegerlo hoy.
En Greenatics, estamos comprometidos con la protección del medio ambiente y la conservación marina. Promovemos prácticas sostenibles, fomentamos la educación ambiental y apoyamos iniciativas tecnológicas y comunitarias que contribuyen a la salud del planeta. Creemos que un cambio real es posible, y trabajamos cada día para ser parte activa de la solución.
Súmate al cambio. Informa, comparte, actúa. Porque un océano sin oxígeno es un mundo sin futuro.
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